Los hermanos Iker y Eneko Pou aparcan momentáneamente su perfil más explorador para cumplir un anhelo de la infancia: hollar los 5.947 metros de la montaña considerada por muchos como la más bella del planeta.
En el corazón de la Cordillera Blanca peruana, donde las paredes de hielo cortan el horizonte con precisión geométrica, los hermanos Iker y Eneko Pou continúan disputando su «particular mundial». Sin embargo, esta vez el guion ha cambiado. Tras un bagaje impresionante que suma ya veinte vías abiertas en la región, los alaveses han decidido hacer una pausa en su incansable afán de exploración para responder al reclamo de un viejo deseo.
—¡Vayamos al Alpamayo! —le proponía Eneko a Iker—. Estoy deseando ascenderlo desde la primera temporada que vinimos a Perú. Es un sueño que arrastramos desde niños, cuando veíamos las fotos de esta pirámide perfecta y quedábamos hipnotizados. Una montaña así bien vale todo nuestro esfuerzo.
Aceptado el desafío, los Pou se adentraron en la majestuosa quebrada de Santa Cruz, un itinerario de belleza imponente que conduce hasta los pies de este coloso. Desde que se lograra su primera ascensión en 1957, el Alpamayo ha ejercido una fascinación casi mística sobre alpinistas de todo el globo. Para Iker y Eneko, encarar su silueta no era solo un reto técnico; era una forma de reconectar con la esencia pura del alpinismo que los enamoró en su niñez.
El renombre del Alpamayo conlleva, hoy en día, el reto añadido de la masificación. A su llegada al campo alto, los hermanos coincidieron con varias expediciones que preveían lanzar el ataque a la cumbre esa misma noche. Tirando de experiencia y aprovechando la excelente relación que mantienen con los guías locales, consensuaron encabezar la marcha para inaugurar la huella nocturna, evitando así los peligrosos embotellamientos en los tramos más expuestos.
A las 23:15 horas, bajo un manto estrellado de nitidez sobrecogedora, dio comienzo la escalada:
El primer muro: Superaron con solvencia un estético muro vertical de hielo de veinte metros situado a pie de rimaya.
La vía histórica: Progresaron a un ritmo impecable por la mítica ruta Vasco-Francesa, abierta en 1993 por su paisano Aritza Monasterio junto a un equipo francés.
La cima: A las 3:30 de la madrugada, envueltos en el silencio absoluto de la noche andina, alcanzaron la cima de la pirámide.
Tras completar los rápeles de descenso, los Pou pisaban de nuevo la seguridad del campo alto justo cuando las primeras luces del alba comenzaban a teñir el horizonte de tonos dorados.
El Alpamayo no solo estuvo a la altura de su leyenda, sino que superó cualquier expectativa. Escalar su pirámide somital en la penumbra estrellada deja una impronta imborrable en el historial de los hermanos alaveses: la confirmación de que, a veces, los mejores viajes son los que nos devuelven a las ilusiones de cuando éramos niños.