Aquel mes de marzo de 2001, Eneko Pou volvió a sacudir el Pirineo. Después de moverse como pez en el agua probando vías de 7b a vista en Siurana, el vitoriano cambió radicalmente de registro para plantar cara a uno de los colossos emblemáticos de la cordillera: el Midi d’Ossau (2.884 m). Acompañado por su incondicional compañero Raúl Choren, en apenas dos días se apuntó dos de las grandes clásicas del pico. Una de esas actividades de esquí extremo donde la línea entre el disfrute y el riesgo se difuminaba, exigiendo una concentración del cien por cien y una gestión milimétrica del esfuerzo.
La acción arrancó el 22 de marzo de aquel año. Después de salir de Portalet y hacer parada en el refugio de Pombie, la cordada enfiló hacia el corredor de la Fourche, una cicatriz de nieve estrecha y vertical que parte literalmente la cresta entre el Grand Pic y el Petit Pic. Con rampas de hasta 50º, la lógica alpina les jugó una mala pasada con los horarios: a las seis de la tarde, la nieve estaba totalmente pesada.
En medio de una niebla espesa que no dejaba ver más allá de las puntas de los esquís, Eneko entomó una bajada exigente. Giros de salto obligado en la parte alta, rompiéndose las piernas para no quedarse clavado en la costra, hasta encontrar la fluidez a medida que el corredor se ensanchaba. Hora y media de descenso intenso para cerrar el primer asalto.